martes, 27 de septiembre de 2011

Lectores, escritores y otros desocupados.

A las cuatro de la tarde devoré la última hoja. Una y otra vez venía la misma voz, hiriente, punzante, sorda, como en un sueño que no se acaba, como en un sueño sin colores y voces mudas. El nombre del libro: El obsceno pájaro de la noche.  El Autor José Donoso. Estado de ánimo: Sin definir. A decir verdad es complicado describir la sensación vertiginosa de leer. En algún punto de la lectura, en algún lugar de la mente, de la boca, de los dientes, en alguna parte de nosotros hay una finísima frontera entre la ficción y la realidad. De este lado: Tu, yo, ellos. Del otro: Tu, yo, ellos. ¿Cuál es la diferencia? Ninguna. En este mundo somos literatura, en cambio en el otro también. En los días en que estamos leyendo es cierto que debemos separarnos del libro con cierto rígor mortis. Pero algunas veces no lo logramos. Seguimos transitando en esta vida arrastrando los perfumes, las voces, los secretos, los personajes, todo lo que se nos aparece cuando nos lanzamos al libro, cuando leemos, cuando nos dejamos engañar por el autor, cuando brincamos al espeluznante acantilado de historias y poemas. Por eso la lectura es silenciosa, como los secretos, las confesiones, los profundos deseos. Y si a las cuatro de la tarde devoré la última hoja de aquella novela, si continué con mi vida y seguí con los menesteres, con los presupuestos, con las adiciones, con los concretos, es porque algún aprendizaje quedó volátil al principio, severo después, o algún motivo o motor se fue calcinando en mi conciencia, o en sencillamente pude ver en un libro lo que diariamente está frente mío. En los libros están todas las historias. Nuestras historias; porque la literatura es la vida. Lo es para todos los que lean o no lean, para quienes amen los libros o para quienes pasen las hojas como simples volantes de descuento, como recibos de almacén.


Esta novela del El obsceno pájaro de la noche es puntualmente una terapia de lenguaje. Un delirio de invenciones. Un relato de seres tan extraordinarios y espeluznantes como nosotros. Una epifanía. Una mentira. Un fuego en el largo pabellón oscuro. Recomendadísima su lectura. Recomendadísima cualquier lectura en general. Cuando leemos toda nuestra mente se pone en marcha. Nuestra creatividad e imaginación florece. Hay muchos géneros y muchos libros para que encontremos uno hecho a nuestra medida. Para todos los gustos. Para todos los temas. Espero que con este pequeño mensaje un lector incauto se acerque este fin de semana a cualquier libro. Que buque un tranquilo lugar donde sentarse, que ponga en silencio el transformer que tenga de celular, que ponga en reposo el TV o el PC y que por un segundo mire para adentro y de un salto, sin resabios, sin miedo, se lance a la lectura desenfrenada. 


Felipe
Suba La Bella
21 de Enero 2012

sábado, 17 de septiembre de 2011

7.000.000.000 y contando

Pronto o quizá ahora, daremos la bienvenida al mundo al habitante siete mil millones. Será bogotano. Uno más en la décima con Jímenez. Siete mil millones y contando, como si fueran pocos los 148.940.000 kilómetros cuadrados de nuestro planeta, ya descontando los montones de agua que por todo lado nos rodea. En una sencilla operación matemática en Excel podríamos decir que a cada uno nos tocan 21.277 m2 para vivir. Más que suficiente, considerando los cómodos 60 m2 del 512 de Cedro Golf. Pero aun así: hay un fantasma de sobrepoblación. !Claro!, nos queda el problema de la distribución. Grave aquello. Y sin pronta solución. Considerando que el 80% del planeta pertenezca al 20% de la población (pareto optimista) nuestras opciones se nos reducen a media hectárea. 5319 m2 por persona. Es como vivir en el Campín. Comodísimo. Pero igual se que las cosas no son así. Todos lo sabemos. No es necesario decirlo. ¿Qué hacemos ahora? Hay siete mil millones de personas que quieren alimentarse y vestirse y moverse y quedarse un buen rato. Hay siete mil respiraciones y siete mil maneras de ver las cosas. Un hurgo. Muchas. Muchísimas. Hay más hombres que segundos en 220 años. Por eso es mandatario sobrevivir, y la única manera de convivir y supervivir es cuidando nuestro entorno de nosotros mismos. El aprovechamiento, la dosificación, lo justo. Hay demasiada miseria en este mundo, hay demasiada gente por debajo de una línea de pobreza en este planeta, hay demasiado sufrimiento y carencia para desaprovechar lo que a alguien le hace falta. Estos siete mil millones deberían ser un inicio del cambio. Afortunadamente, después de mucho, después de palos y fuego y guerras y dardos en la puerta, nosotros podemos aprender. Es la única opción. El aprendizaje. No hay nada más. Si aprendemos a sobrevivirnos, a evolucionarnos, a cuidar nuestro planeta, podremos celebrar el siete mil millones uno. Que esta reflexión sirva de algo a alguien, para que el mundo no se parezca cada vez más al Alpes Calle 30 que pasa todos los días por la novena con 152 a las siete de la mañana. Si algún día me logro bajar de ese bus les cuento lo que sigue.