viernes, 28 de octubre de 2011

La vida está llena de Rock

“Me gustaría pensar en aquella sombría figura de Syd Barret caminando por  nebulosos barrios de Londres, como salido de un poema de Poe, o pensar quizá en un resbaladizo piso lleno de cables y colillas, donde algunas bandas de garaje descargan toneladas de vida en tres simples acordes de punk. -Acordes brutales. Acordes salvajes-. Me gustaría sentir la  electricidad que hay en el aire. La atmosfera está llena de sonidos. Soy un rockero pero en esta ciudad solo hay fábricas humeantes y trabajadores que marchan a las ensambladoras. Hoy es un lunes. Soy parte de una ciudad, de un barrio, soy un contribuyente. Voy tarde al trabajo. No hay lugar para mí en el fin del mundo. Las avenidas están a reventarse. Solo tengo una opción. Afuera en la calle hay siete jinetes del apocalipsis, hay sellos que en el cielo vierten plagas sobre el mundo, pero nadie lo sabe, nadie se entera. Tomo mi walkman ceniciento, inserto un casete verduzco, suena The Everlasting Gaze y de un salto me sumerjo en el paraíso.”

Para mí y para muchos, la vida está llena de Rock, de esa extravagancia de abruptos compases, de agitaciones en los ritmos de la noche, de violáceos amaneceres en un callejón abandonado, de matices, de estertores, de melodías. El rock es una ruta de salida. Una puerta de emergencia de toda una generación que no pudo encontrar respuestas en las corporaciones, en las mesas de votación, en las constituciones. El rock es una colectividad de tentativas y variaciones. Un significado universal. Una agitación en la historia. Tiene cincuenta y siete años. Nació en el verano del 54. Ahora sufre lo de todos. No es adolescente. Tiene mañas, resabios, problemas de memoria,  pero afortunadamente está muy lejos de marcharse. Renace constantemente. Se inventa una y otra vez.  Su esencia es fundamental para todo lo perdurable, para toda contracultura, para lo que no es perecedero. Muchas verdades fundamentales se han inferido desde un simple estribillo. Por eso el rock nos ayuda a resistir, a quedarnos en pie, a lanzar una piedra en el pasmado lago de lo cotidiano. Dice lo que nosotros no podemos. Su naturaleza es provocadora, caótica y contestataria. Por eso ha sido rechazado muchas veces. Porque el rock es un motor fuera de control. Anda por ahí mostrando sus dientes a todo el mundo. De ahí que sea una figura muchas veces rechazada. Porque en la ignorancia ocultamos o rechazamos lo que no entendemos. Así como todas las creencias que tratamos como misticismo, como estupidez, como locura, solo porque no están hechas con nuestros códigos. Yo mismo estudié  en un colegio “de mente abierta” que nos tildó de fantasmas a quienes estuvimos atentos a la propuesta de los noventas, a una puesta en escena de una generación sin nombre que sin esperanzas buscaba una nueva forma de entender las cosas. Nos llamaban Fantasmas porque los fantasmas que no existen, fantasmas que son mejor esconder. Menos mal había amigos rockeros para sobrevivir la estupidez. Por eso este día hay que conmemorar la creatividad humana, para mantenernos vivos, para sentir el corazón latiendo, para palpar las vibraciones, y como dijo Pearl Jam y Neil Young:

!Keep on rockin In the free world!

Felipe Donoso

viernes, 14 de octubre de 2011

Minuto 42 millones

El silencio del mundo es ensordecedor. Así debe ser el silencio de las estrellas, el silencio de las palabras en la boca, antes de ser palabras, antes de ser nombres y recuerdos y plegarias. Y el silencio es la única forma que conozco de sobrevivir, de permanecer, de alimentarme, por eso grito y por eso maldigo y por eso pregunto por mis hijos y pregunto por mis nietos y nadie me escucha. El silencio es mi voz. Mi voz que no se oye. Apagada. Oprimida. Olvidada. Ni siquiera me escucha mi vieja de mil años que solo reza y reza y reza sin saber que el mundo hace mucho está roto. Que en los palacios sólo quedaron luces centelleantes de automóviles y sirenas y documentos en blanco. No sabe que el mundo es un palacio de notarías desiertas. De filas en el banco. De cheques mendigantes. Hace mucho que huyeron los dioses. Lo único que dejaron fue un laberinto. Por eso mi palacio es el silencio. Y no conozco palabras en esta tierra desierta que es la noche para callar mi tristeza y mi asombro. Mi corazón palpita. Mis manos temblorosas no se callan. Mis ojos inútiles se resbalan sobre las sombras. Mi cuerpo entero pesa como un agua oscura, como un viento de abril. Y uno a uno voy consumando mis pensamientos, desenredando el devenir de mis ideas, mis ideas de polvo. Los brazos cargan enseres, las mesas y las sillas que de pronto se llenaron de silencio, las cortinas misteriosas que aun dobladas esconden gente, la roja repisa donde se alojan cosas inútiles, los tesoros del mundo, y voy cargando todo a un pasillo de oscura luz violeta, a un pasillo donde a nadie estorbe.


Para María Tabares