domingo, 4 de marzo de 2012

Cuento

La banda del giro


Silencio…. El silencio en la habitación era insoportable. El reloj digital marcaba las doce menos quince y una cálida sombra se agitaba en la calle, insinuando una misteriosa forma. Los ojos de Carmen se posaban sobre la vieja luna incierta y un universo de cosas regadas y ropa aún tibia permanecía inmóvil junto a su cama. Era la noche en su quietud, la absurda torpeza del insomnio. Carmen giró su cuerpo hacia la tenue luz y sintió su tímida mirada al descubierto, como si las estrellas con ojos enormes se posaran sobre ella. La melodía volvía una y otra vez. El sueño llegaba pero el fantasma de la vigilia lo devoraba. Ya casi era martes. En unas horas la terrible ciudad sería de nuevo la terrible ciudad despierta y ella cruzaría el zaguán de viejos robles de la séptima avenida. El azar vendría con ella. El viejo edificio de la academia se llenaría de pequeñas urgencias, de acordes infalibles, de acomodados jurados, de zapatos, de tacones, de guitarras, cuerdas rotas, de sombras que se mueven y cuerpos que se buscan uno al otro. La melodía volvía una y otra vez. El tiempo de la noche estaba detenido y todo parecía absurdo y apagado. Esta noche había sido particularmente larga. Indefinida. Luego de cenar algo con su madre, despachar tres líneas de la vieja novela inglesa que leía por inercia, de verse desnuda frente a al espejo sanguinario que nada sabía de pasiones, Carmen abrazó su clarinete y practicó por tres horas su trillada obra de jazz.  Los acordes se fugaban por el quicio de la puerta. Eran pequeñas vibraciones que inundaban todo a su paso, eran vapor de agua, esfinges con grandes ojos amarillos, acordes que teñían de violeta las horas nocturnas, las despensas, el desprendimiento de los libros en el desván de madera, el silencio atrapado en la bóveda de lámparas. El jazz era todo. Los minutos desfilaron frente a ella como oscuros símbolos. No hubo noción de tiempo, no hubo reparo en las cosas del mundo que aun funcionaban, en las bondades mecánicas, en las tristes verdades. Todo era música. Y también silencio. Inquebrantable. Casi sólido.  Carmen cerraba los ojos sin descanso, esperaba que el tiempo hiciera su trabajo, que trajera la mañana y con ella los terribles jurados que aprobarían su estructura, su clarividencia de los ritmos, su antelación de cadencias. Ocho años de academia y una larga noche de vigilia. Era la culminación, su recital de mármol. Su madre roncaba abiertamente. Carmen sentía su pecho abrirse, colmarse de sudores, de espasmos. En la ventana sólo estaba la ciudad dormida. Una solitaria señal de tránsito se batía con el viento junto al cruce amarillo intermitente. Las señales de tránsito son palomas muertas en la noche. Todos las ignoran.  A esa hora incierta no había trenes, ni vehículos que se lanzaran a la calle, ni pasmados peatones, pero el ojo amarillo del semáforo no descansa. Es un nido de sueños rotos, una palabra de baches y piedras, una luz sin párpados.

Entonces como con un resorte que llevara por dentro saltó de la cama, y el mundo fue una inquebrantable fuga de sonidos. Se vistió nuevamente. A toda velocidad. Ocultó con el pie el terrible desorden de medias y corpiños que ocultó bajó la cama. Tomó su abrigo y en una acción mecánica, ocultando el menor ruido, decidió salir de su cuarto. Su corazón daba tumbos. Las porcelanas sobre el piano vibraban en una armonía que solo la noche podía entender. Con una mirada midió distancias y tiempos, adivinó en la oscuridad las mesas y las sillas y como lanzándose al vacío en un vórtice de aire,  salió a la calle mientras seguía buscaba dentro suyo el ritmo del insomnio.

En tres minutos estaba frente al cruce férreo. Allí la noche parecía otra providencia. La respiración del universo latía y vibraba con la niebla, con los sardineles que dormitaban sobre el frio pavimento de gravas y asfalto. Y de pronto, como saliendo de un túnel, lo escuchó por primera vez……

Un compás. El eléctrico y finísimo sonar de un acero frío. Una cadencia mesurada que apenas brillaba en la quietud. Beat. Beat. Un chasquido, una y otra vez. La soledad absoluta y en el aire una vibración de tambores delgados. Beat. Beat. Beat. Beat. Carmen espantada buscaba entre las desmesuradas alturas de los postes eléctricos, en los pliegues del asfalto, ¿De dónde proviene este sueño? ¿De dónde ésta simetría?  Ahora un banjo. Batido. Ondulante. Es indudable que hay música en el aire, como esporas, como recuerdos. La percusión y una luna creciente explican la piel de gallina, pero nada explica el corazón desbocado. Solo quizá las cuerdas del contrabajo: una madera diluida en el viento que aparece frente a sus ojos, danzante, grave, casi afónica. Esto no es un sueño. En los sueños no hay música, no hay brisa sobre la piel, no hay aromas como este perfume a madrugada, este olor a carbón y a salmuera. El volumen va en aumento. Una melodía se forma en la noche. Se arremolina junto a la señal fatigada de amarillo, junto a los toneles de basura, al césped marchito. Un-dos, un-dos, un-dos. La marcha del jazz daba inicio. Carmen contraía su cuerpo. No creía en nada. Todo era mentira. Todo era un sueño.  Sus labios lo repetían, indefensos, húmedos, pero una chispa violeta rompió el letargo de la duda. Frente a sus pasmados ojos unas figuras humanas aparecieron de la nada. Como un resorte el obeso trompetista saltaba sobre la acera. Junto a él dos hombres enjutos magullaban la batería, los bulliciosos tambores, la guitarra negra. Y allí viene ella, danzando en tacones y muselina y con aromas. It don´t mean a thing, if you ain´t got that swing. La banda desbordaba alegría, derroche. Karen O bailando sobre los tejados. Todas las sinfonías y todos los matices aterrizaban sobre la calle. En segundos catorce músicos tocaban jazz y la ciudad parecía no darse por enterada. Carmen sudaba. Una sensación como la mañana crecía por dentro. Trompetas. Banjos. Cadencias de coristas que brincaban sobre el piano. Los sonidos eran pájaros eléctricos que traían destellos y melodías. Una canción y parecía que el universo entero estuviera dentro de ella. Todo era música nuevamente. Era como el primer beso, como la verdad que surge de la duda, como un big-bang entre su piel. Música. Jazz. Una banda en el giro como salida de un sueño y las estrellas cómplices de la locura.


En tres minutos toco quedó en silencio. La solitaria señal de tránsito se batía con el viento. El viento era nuevamente el viento que dormía. La ciudad entera descansaba. Carmen guardó todo su cuerpo en el cálido abrigo. Cruzó el giro entre la niebla que parecía derretirse y se alejó de la noche ente un tímida lluvia que nada sabía del corazón.