jueves, 16 de noviembre de 2017

La intuición: Ese conocimiento natural

La idea de que exista una fuerza natural que enlaza y define todas las probabilidades en el universo me parece algo apasionante y maravillosamente atractivo. Además de comulgar con el pensamiento romántico y de apaciguar un poco el eterno debate que existe entre ciencia y religión, esta hipótesis me brinda en lo personal una respuesta plausible a varios cuestionamientos que me he formulado y que no he podido dar respuesta desde el razonamiento lógico o inclusive desde la marginalidad de la poesía. Aunque esta teoría es solamente un embrión que se está formando en mi mente, saturada desde ya con todos los vacíos conceptuales imaginables y con todas las formas posibles del absurdo, creo que algo medianamente aterrizado podrá salir de este proceso experimental. Sin embargo el camino que tengo por delante es largo e indefinido. He decidido iniciarlo a través de la escritura ya que es la única forma que conozco para poder organizar las ideas y ver qué tan fundamentadas o tan descabelladas pueden llegar a ser.

La semana pasada estaba lanzando palabras al viento cuando aseguraba que existe un conocimiento universal que gobierna todas las leyes conocidas y por conocer. Se trata de una mera suposición: de la visualización de un punto de referencia para poder iniciar un camino. A la fecha ni siquiera me he acercado a la literatura existente para construir un marco teórico que me de algún sustento medianamente respetable para desarrollar mi idea. Pero pese a este error metodológico de principiante, creo que la hipótesis planteada es correcta.

El primer paso lógico que he seguido en este remedo de método, es buscar los indicios de ese conocimiento universal en la fenomenología del hombre. Indiferente al uso que le esté dando a este último término, independiente a la probable errónea interpretación, puedo inferir que existe una conexión entre el sentir y el saber, entre el vivir y el conocer. Esa medida del pensamiento que media entre el mundo natural y la cognición humana, es para mí la intuición. Esto me supone desde la arrancada el primer gran problema ya que el término “intuición” es terriblemente ambiguo y algo volátil. Por esta razón deberé iniciar con su definición.

La intuición es la manifestación de un enlace natural que es perceptible ante cualquier variación de nuestro entorno. Es como uno de esos sensores electrónicos que captan el movimiento o la presencia de calor, tal como los que vemos en los centros comerciales que son capaces de detectar un incendio. El grado de sensibilidad de ese “sensor” depende de que tan conectados estemos nosotros con esa red natural. Me atrevería a pensar que es a través de la meditación o del desarrollo de una conciencia, digamos orgánica, donde podemos tener acceso a ese mundo de sensaciones con el cual podremos interpretar nuestro espacio y nuestro tiempo. Si bien es cierto que la intuición no se puede enmarcar dentro de un proceso de racionamiento lógico, tan poco podemos negar su existencia ni catalogarla como un dogma del misticismo o la espiritualidad. La respuesta a esta problemática la podemos encontrar en la naturaleza, que es el origen definitivo de todo conocimiento.

Muchos de los animales de este planeta son capaces de leer cualquier cambio que se presenta en su ambiente. Esta interpretación casi intuitiva es el motor de todas las migraciones naturales. De extremo a extremo los animales van caminando o volando o nadando por el mundo en busca de protección, comida o refugio, de una manera tan precisa que podríamos pensar que ellos tienen una especie de calendario donde registran todos los cambios del clima. Utilizando la lógica podríamos pensar que este comportamiento animal se asemeja bastante a una especie de hábito que han desarrollado por los cambios periódicos de las estaciones. Pero sin embargo hay algo que se sale de esta interpretación. Los animales en su gran mayoría huyen de manera anticipada ante la presencia de un desastre natural. Esta creencia está arraigada en el pensamiento popular y pese a que no exista ninguna evidencia “científica” que lo demuestre, muchos lo creemos como cierto. Es probable que esta opinión tenga sustento en la observación que hemos hecho de la naturaleza. Pero aún queda un gran interrogante: ¿Cómo es posible que los animales logren leer o interpretar algo en la naturaleza y que nosotros los humanos no podamos, aun cuando nosotros también somos animales? Si es la intuición esa fuerza que está inmersa en el código genético de todas las especies, por qué nosotros no hemos podido dominarla.  

Uno de los mayores retos de la ética contemporánea es adaptarse al mundo cambiante y versátil de la cultura y sociedad. No será acaso que nuestras decisiones deban basarse más en la intuición que en la razón?


Me atrevo a pensar que debemos incluir en nuestras rutinas cotidianas un periodo de meditación, de aislamiento y silencio para tener acceso a esta poderosa herramienta. Creo que la única manera en que el hombre pueda avanzar a la siguiente escala evolutiva es crear una sociedad más conectada al mundo natural. Esto es algo que sencillamente creo y no tengo forma de demostrarlo. Es únicamente una idea, pero tengo la intuición de que estoy en lo correcto. 

jueves, 9 de noviembre de 2017

La verdad del universo

El universo es una dimensión infinita de posibilidades, y el desconocimiento de esta simple verdad, es lo que está condenando al hombre a su extinción. Todo cuanto existe es el resultado de alguna probabilidad. Incluso en la misma historia universal del hombre, todo suceso es una consecuencia de alguna decisión, bien sea política, moral o económica.

Si nos detenemos a observar la naturaleza podríamos encontrar un patrón que se repite indefectiblemente. Las raíces del árbol van eligiendo la ruta que deben tomar, las tortugas marinas regresan al exacto lugar donde nacieron para perpetuar su especie, los ríos eligieron su lecho y conformaron ecosistemas. Pareciera que la naturaleza sabe tomar sus decisiones a pesar del infinito mar de posibilidades. Esto me lleva a pensar que dentro del código genético de cada especie existe un conocimiento universal que garantiza el equilibrio. Nosotros, los últimos animales, nos hemos desligado por completo de este perfecto balance. Mal hemos hecho en eliminar todo el conocimiento metafísico del razonamiento estructural que nos define. Toda nuestra ontología está basada en el simple hecho de creer que tenemos el poder de elegir nuestro rumbo. El pensamiento occidental se ha construido sobre una base epistemológica que busca una única verdad, en cualquier sentido o en cualquier tema, y hemos desarrollado nuestra civilización sobre este supuesto. Desconocemos que lo que rige el universo es la fractalidad. Es como ser vidente en un mundo de sombras o como ser ciego en el nacimiento de la luz. El verdadero poder natural radica en la superconexión de una fuerza única que une las cosas: las que existen, las que existirán o las que existieron. Nos hemos alejado tanto de esta verdad que incluso nuestra lengua es el único idioma no natural que existe en el planeta. Dentro de nuestro afán racional hemos creado el símbolo: esa representación abstracta de la realidad que no entendemos. Y es sobre el símbolo que hemos construido nuestro lenguaje.

¿Cómo entender el universo sino hablamos su idioma? Desde nuestra arrogancia nos hemos impuesto un paradigma de ciencia y desarrollo, pero es válida la pregunta que algunos se han formulado. ¿De qué sirve el actual conocimiento sino hemos resuelto los problemas más básicos de la humanidad?

Intentar comprender el mundo desde la racionalidad es una paradoja. Este mismo escrito es un absurdo, así como cualquier refutación de lo aquí planteado. Quizás debemos guiarnos más por la intuición que por la razón.  El universo no es una compleja ecuación matemática. No es simple ni ininteligible. Estas dos concepciones son enteramente humanas.  

¿Por qué en la naturaleza no encontramos algo similar al deseo, al odio, a la obsesión, a la maldad? ¿Será que estos sentimientos tan propios de nosotros son producto de alguna malformación? En qué embrollo nos hemos metido en la conflagración del siglo XXI. Los únicos heredemos del reino humano serán aquellos capaces de entender el poder natural que residen en nosotros; serán lo que se reconocen como parte de algo y no como una unidad ontológica. Ya es hora de conectarnos al conocimiento universal y desconectarnos a la inteligencia artificial. Y cabe preguntarse,  ¿cómo hemos de llamar a ese perfecto conocimiento al que hago referencia? En este punto recurro a la poesía, que en las sabias palabras de Nicanor podremos encontrar la respuesta


Que cada cual lo llame como quiera:
Ese es un problema personal

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Esa ciencia, esa vana ilusión

En la tentativa de salvar al hombre, o de salvar al planeta  - dos cosas diametralmente opuestas -, la ciencia está buscando una fuente de energía renovable y sustentable, que ponga fin a la hegemonía de combustibles fósiles y logre frenar el holocausto natural.  

La búsqueda es loable … emérita … hasta poética, como la búsqueda del santo grial, pero es únicamente una solución de segundo plano, un navegar por aguas tibias, un postergar lo definitivo. El consumo de energía es demandado principalmente por la industria, y sin importar con qué alimentemos esta maquinaría insaciable, con el tiempo todo se volverá insostenible. La curva es exponencial. En ningún momento pensaré que no sea urgente y mandatorio encontrar estas fuentes alternativas, pero el  problema real no es cambiar la energía que se utiliza para hacer “cosas”, el problema principal es crear esas “cosas” sin una razón utilitaria. ¿Dónde encontrar la solución? ¿En las ciencias aplicadas? ¿En un mundo binario y digital? La ciencia en su arrogancia ya está creando abejas robots cuando lo prioritario es preguntarse qué pasó con las abejas que habitaban en este mundo. Creo que el positivismo, y la fe ciega de los hombres en la ciencia, han imposibilitado encontrar una solución por fuera de este paradigma. Es como si pensar fuera cosa de calculadoras, balanzas digitales, reacciones químicas e inescrutables ecuaciones matemáticas. Poco o nada ha servido esta pragmática, es evidente, cada día estamos más cerca del colapso…


.. del colapso de todos, de nosotros  .. de ellos .. o sea de los otros .. o sea el mundo.. la naturaleza.. los animales .. los atardeceres .. el canto mineral. Ya es hora de disminuir el consumo, que para mi es la única solución plausible y necesaria. .. y acaso serán necesarios todos los productos para el cabello, el desfile de parabenos, colorantes, bálsamos atómicos, alisadores, encrespadores, shampoos de calvos, de rojos, de viejos, o será necesario el teléfono autómata que predice los eclipses y que no te deja solo, o la bicicleta de titanio, o la aplicación que traza tus pasos después de que diste tus pasos, strava de recuerdos, o el computador aeroespacial,  o la camioneta beligerante que va de 0 a 100 en 3 átomos de segundo, o la colección de sombrillas en tu ropero, o el cementerio de analgésicos en tu cajón, o la revista brillante, o las gafas luctuosas, o los tres perfumes flagrantes, o la osteoporosis de libros (mea culpa), o la rendición de alimentos con vencimiento, o el fatídico repertorio de la vajilla y cubiertos que nunca usaste. ¿Qué tanto necesitamos? ¿Qué tanta energía gastamos perdiendo el tiempo? Es hora… hace mucho que fue la hora de pensar antes de gastar… Consumo! Consumo! Consumo!  la única ley de este despiadado y abyecto paradigma. 

Consumir lo estrictamente necesario es el primer paso para frenar la catarsis. Gracias por leerme querida lectora o lector, pero si son más de las diez de la noche, le recomiendo que apague todo y se vaya a dormir. El cuerpo humano necesita energía para los sueños, y el planeta necesita más humanos con energía consciente para vivir de los sueños. Feliz noche. 

sábado, 1 de julio de 2017

COLOMBIA, una nación de apenas 25 años


Colombia es un país joven, casi adolescente, que a mi manera de ver las cosas no alcanza ni siquiera los treinta años. Somos una nación que solo hasta ahora  se está despertando ante su propia identidad, y aunque creamos que ya todo está dicho sobre nosotros, sobre lo que somos o lo que hacemos, la ciudadanía colombiana es una condición naciente,  emergente, una respuesta al prolongado letargo histórico y cultural.

Equivocadamente hemos celebrado nuestra independencia a partir del 20 de Julio de 1810. Es obligatorio que nos preguntemos, ¿De qué o de quién nos independizamos? Por aquel entonces, en el mal llamado grito de independencia,  no fue la voluntad soberana del pueblo la que generó las revueltas, esas habían pasado por allá en el lejano 1781,  sino fue un mandato de criollos prestantes y ambiciosos que reclamaban una transición del poder, una utopía de república sustentada en las ideas románticas e ilustradas, para manejar un nuevo país. Que Viva el Rey, abajo el mal gobierno, proclamaban los vítores.  Si analizamos esta frase no podremos encontrar en ella algún significado de independencia. Es más bien un mensaje para reclamar el poder y la administración del virreinato. Sería una ignominia desconocer los grandes ideales que surgieron en esa época,  no reconocer el inspirador discurso de algunos próceres, Antonio Nariño por ejemplo, pero ya es hora que veamos las cosas como han sido realmente.

Desde que Colombia se ha llamado Colombia una cosa podemos encontrar: La polarización. Este ha sido el medio más efectivo para mantener en el poder a los escasos grupos que se han repartido la nación. El ciudadano, al querer legitimarse como tal, siempre ha tenido que escoger un bando. Es claro que la finalidad de cualquier partido político es llegar al poder, pero después de doscientos años, léase bien, DOSCIENTOS AÑOS!,  para mi es claro que todos y cada uno de esos partidos políticos, que vienen siendo el mismo al fin de cuentas, han impuesto siempre el bienestar propio sobre el bienestar común. Quien niegue esta verdad es un optimista mal informado. La guerra política en Colombia nunca fue una cruenta batalla entre Liberales y Conservadores, fue una salvaje masacre entre liberales pobres y conservadores pobres, y solo bastó un abrazo entre dos vejetes de presidentes en él Gun Club de Bogotá, entre whiskeys y lagartos,  para que se “acabara” la guerra (William Ospina, 1996), cuando en los campos aun se sentía la pestilencia de millones de campesino muertos. Esa paz fue repartirse el poder, usufructuarse del estado, como bien diría un ex presidente de Colombia: Mantener la corrupción en sus justas proporciones. (Julio Cesar Turbay).

El ciudadano colombiano siempre ha sido manipulado, engañado, manoseado, y por consiguiente, invitado a permanecer en la indiferencia y el abandono, para así poder seguir manteniendo este macabro sistema de corrupción e impunidad. En la historia de Colombia,  el pueblo colombiano solo ha cambiado de reinado, pero nunca ha construido un proyecto nacional ciudadano (Otra vez Ospina, 1996).

Pero no todo es color de hormiga para nosotros los ciudadanos colombianos. Aparte de la polarización que aun continúa, guiada por presidentes y ex presidentes que son como una misma mala hierba reencarnada en muchos cuerpos y muchos nombres, la situación cambió el 4 de Julio de 1991, cuando se firmó y entró en vigencia la nueva constitución. En ella el poder del estado reside en el pueblo, y la democracia pasó de ser “representativa” a ser participativa. Me permito transcribir el artículo tercero de la constitución, algo muy bello de leer, que parece poesía:

ARTICULO 3. La soberanía reside exclusivamente en el pueblo, del cual emana el poder…


Es por esto creo que apenas Colombia tiene 25 años, porque fue a partir de la constitución del 91 que se trazó la posibilidad de que Colombia sea una nación con un proyecto nacional, una hegemonía ciudadana, con muchos medios para garantizar esta utopía. Lo que nos queda de ahora en adelante es hacer efectiva esta enmienda. Ya se acabó el tiempo para que nos sigan polarizando en oscuros bandos. Ya se acabó el tiempo de creer en los mismos con las mismas. Ya se acabó el tiempo de no estar unidos. Lo que sigue es construir un país. 

sábado, 22 de abril de 2017

U2 para GeeK


la banda sonora en TDK

En la casa de mi infancia, y puntualmente en el estrecho baño compartido con mis dos hermanas, instalada en el mesón del lavamanos, saturado por jabones, cremas contra el acné y toda la saga de champús Sensus, había una destartalada grabadora sin tapa que era sin duda el eje de todo el desorden. Mientras mis hermanas se encerraban en el baño a refinar sus copetes Alf escuchando música a todo volumen, yo era resignadamente consciente a mis diez años que nunca clasificaría al agua caliente. Por aquel entonces estaba aprendiendo a tocar guitarra, y mi hermana mayor, sin ningún escrúpulo, me retó a tocar una canción del grupo de rock que escuchaba una y otra vez en un desgastado cassette TDK 60 mientras se bañaba. La canción era With Or Without You, la cual yo había escuchado repetidamente en la superestación de TU-TU-TU-TU-TULIOO ZULUAGA. Acepté el reto sin miramientos y luego de varios días encontré el mini arpegio en el décimo traste de las dos primeras cuerdas de la guitarra. Luego saqué los bajos. Con un orgullo casi invicto le dije a mi hermana que había podido sacar la canción, pero fui enfático al decirle que era físicamente imposible tocar las dos cosas al tiempo, el arpegio y los bajos, ya que ningún ser humano lograría tal hazaña. Ella casi riéndose, burlona y pendenciera, me dijo que la verdad es que el guitarrista tocaba la sexta cuerda con los dientes. !!! Eso era lo más estúpido y loco que había oído, pero fueron tan infalibles sus palabras, que pese a lo absurdo y traído de los cabellos, pensé que era cierto. Así que día y noche intenté hacerlo, siempre con un resultado repugnante.

Ese fue mi primer acercamiento al The Joshua Tree, gracias a la leyenda urbana inventada por mi hermana. Entendiendo que esa demencia no era verdad, luego escuché todo el disco con calma, abandonando casi para siempre mis intentos de tocar guitarra.  Ese disco de cincuenta minutos empezó a convertirse en un punto recurrente de mi vida diaria, tan así, que en un segundo intento de acércame a las artes, participé en un concurso de cuento en el colegio con un relato titulado Bajo un cielo irlandés. Era evidente la influencia de ese grupo musical que escuchaba casi todos los días. El cuento era malísimo, perverso, y aunque estaba inspirado en Where the streets have no name, no tenía nada que ver con la canción, ya que por los  años ochenta el acceso a las letras traducidas era como un sueño imposible de cumplir. El internet era una lejana ocurrencia.

Como no tenía la capacidad de sacar de la mesada del colegio para ir a Prodiscos o Discos La Rumbita a comprar más música de esa banda, tuve que conformarme mucho tiempo con el cassette TDK de mi hermana que día tras día trastabillaba más de la cuenta. Sin embargo, y a eso lo llamó destino, mi segunda hermana empezó a estudiar medicina y llevó a la casa a un excéntrico compañero quien le había puesto a su mascota el nombre de Bono. El tipo era mucho más fanático que yo, y entendiendo mi terrible necesidad, él empezó a prestarme todos los discos que tenía. Era mi dealer. Él tenía casi todo, hasta el Wide Awake In America ¡!.
Ya armado de siete discos enfrenté el inicio de mi adolescencia, época aterradora y maravillosa, y casi todos los sucesos de esa rebelde edad  los puedo relacionar con alguna melodía. De esa forma U2 se había convertido en la banda sonora de mi vida, día y noche escuchaba los cassetss, y en un increíble día escolar, bendito día, me gané una polla por apostar con un aplastante 4-0 la derrota del Atlético Nacional contra un equipo innombrable del Brasil en la copa libertadores de américa. Con ese dinero pude entrar de manera triunfal a Prodiscos de la 15 y me compré el octavo disco que me hacía falta, el Rattle and Hum. Fue el primer disco que compré, ya en formato digital CD.  

Lo que pasó después lo puedo llamar advenimiento. Llegaban los mediados de los años noventa, y pese de haber encontrado en el Acthung Baby lo mejor que había escuchado en mi vida, las estaciones de la radio se estremecían con nuevos sonidos extraños y alternativos, y mi colección musical empezó a deslizarse a Sonic Youth, Primus, Smashing Pumpkins, Pearl Jam, Sagrada Escritura, 1280 almas, y como lo único que había escuchado en mi vida era U2, los nuevos sonidos me cautivaron y me alejaron abruptamente de mi banda favorita.  

Los años pasaron, permitiéndome encontrar otros grupos increíbles que actualmente también me definen, y aquello coincidió con los  tímindos intentos de la banda de reinventarse, y pese a la increíble If you wear that velvet dress y la exuberante Dirty days, los discos Zooropa y Pop no llenaron mis expectativas en ese momento.

Parecía que mis amores con U2 se habían acabado para siempre, pero los caminos musicales son inciertos. Un 7 de diciembre del año 2000, a eso de las cinco de la tarde, compré casi sin motivarme el disco All that you can leave behind y escuché a todo volumen su primera canción Beautiful Day. Dirán que es imposible recordar el día y mucho menos la hora, pero todo lo que he dicho es verídico, ya que ese mismo día por la noche,  por un golpe del destino, salí a bailar por primera vez con una mujer que después se convertiría en mi esposa y es quien ha tenido que escuchar por más de 11 años todos los discos yutuenses hasta el cansancio. Nuevamente U2 se convertía en parte de mi banda sonora.

Y la historia sigue, pero no quiero aburrirlos más. Lo que sigue ahora para mi es que después de 27 años de ser fanático de U2, tengo la certeza que este año podré verlos por primera vez en vivo… realmente.. realmente es algo que aún no me lo creo.