sábado, 22 de abril de 2017

U2 para GeeK


la banda sonora en TDK

En la casa de mi infancia, y puntualmente en el estrecho baño compartido con mis dos hermanas, instalada en el mesón del lavamanos, saturado por jabones, cremas contra el acné y toda la saga de champús Sensus, había una destartalada grabadora sin tapa que era sin duda el eje de todo el desorden. Mientras mis hermanas se encerraban en el baño a refinar sus copetes Alf escuchando música a todo volumen, yo era resignadamente consciente a mis diez años que nunca clasificaría al agua caliente. Por aquel entonces estaba aprendiendo a tocar guitarra, y mi hermana mayor, sin ningún escrúpulo, me retó a tocar una canción del grupo de rock que escuchaba una y otra vez en un desgastado cassette TDK 60 mientras se bañaba. La canción era With Or Without You, la cual yo había escuchado repetidamente en la superestación de TU-TU-TU-TU-TULIOO ZULUAGA. Acepté el reto sin miramientos y luego de varios días encontré el mini arpegio en el décimo traste de las dos primeras cuerdas de la guitarra. Luego saqué los bajos. Con un orgullo casi invicto le dije a mi hermana que había podido sacar la canción, pero fui enfático al decirle que era físicamente imposible tocar las dos cosas al tiempo, el arpegio y los bajos, ya que ningún ser humano lograría tal hazaña. Ella casi riéndose, burlona y pendenciera, me dijo que la verdad es que el guitarrista tocaba la sexta cuerda con los dientes. !!! Eso era lo más estúpido y loco que había oído, pero fueron tan infalibles sus palabras, que pese a lo absurdo y traído de los cabellos, pensé que era cierto. Así que día y noche intenté hacerlo, siempre con un resultado repugnante.

Ese fue mi primer acercamiento al The Joshua Tree, gracias a la leyenda urbana inventada por mi hermana. Entendiendo que esa demencia no era verdad, luego escuché todo el disco con calma, abandonando casi para siempre mis intentos de tocar guitarra.  Ese disco de cincuenta minutos empezó a convertirse en un punto recurrente de mi vida diaria, tan así, que en un segundo intento de acércame a las artes, participé en un concurso de cuento en el colegio con un relato titulado Bajo un cielo irlandés. Era evidente la influencia de ese grupo musical que escuchaba casi todos los días. El cuento era malísimo, perverso, y aunque estaba inspirado en Where the streets have no name, no tenía nada que ver con la canción, ya que por los  años ochenta el acceso a las letras traducidas era como un sueño imposible de cumplir. El internet era una lejana ocurrencia.

Como no tenía la capacidad de sacar de la mesada del colegio para ir a Prodiscos o Discos La Rumbita a comprar más música de esa banda, tuve que conformarme mucho tiempo con el cassette TDK de mi hermana que día tras día trastabillaba más de la cuenta. Sin embargo, y a eso lo llamó destino, mi segunda hermana empezó a estudiar medicina y llevó a la casa a un excéntrico compañero quien le había puesto a su mascota el nombre de Bono. El tipo era mucho más fanático que yo, y entendiendo mi terrible necesidad, él empezó a prestarme todos los discos que tenía. Era mi dealer. Él tenía casi todo, hasta el Wide Awake In America ¡!.
Ya armado de siete discos enfrenté el inicio de mi adolescencia, época aterradora y maravillosa, y casi todos los sucesos de esa rebelde edad  los puedo relacionar con alguna melodía. De esa forma U2 se había convertido en la banda sonora de mi vida, día y noche escuchaba los cassetss, y en un increíble día escolar, bendito día, me gané una polla por apostar con un aplastante 4-0 la derrota del Atlético Nacional contra un equipo innombrable del Brasil en la copa libertadores de américa. Con ese dinero pude entrar de manera triunfal a Prodiscos de la 15 y me compré el octavo disco que me hacía falta, el Rattle and Hum. Fue el primer disco que compré, ya en formato digital CD.  

Lo que pasó después lo puedo llamar advenimiento. Llegaban los mediados de los años noventa, y pese de haber encontrado en el Acthung Baby lo mejor que había escuchado en mi vida, las estaciones de la radio se estremecían con nuevos sonidos extraños y alternativos, y mi colección musical empezó a deslizarse a Sonic Youth, Primus, Smashing Pumpkins, Pearl Jam, Sagrada Escritura, 1280 almas, y como lo único que había escuchado en mi vida era U2, los nuevos sonidos me cautivaron y me alejaron abruptamente de mi banda favorita.  

Los años pasaron, permitiéndome encontrar otros grupos increíbles que actualmente también me definen, y aquello coincidió con los  tímindos intentos de la banda de reinventarse, y pese a la increíble If you wear that velvet dress y la exuberante Dirty days, los discos Zooropa y Pop no llenaron mis expectativas en ese momento.

Parecía que mis amores con U2 se habían acabado para siempre, pero los caminos musicales son inciertos. Un 7 de diciembre del año 2000, a eso de las cinco de la tarde, compré casi sin motivarme el disco All that you can leave behind y escuché a todo volumen su primera canción Beautiful Day. Dirán que es imposible recordar el día y mucho menos la hora, pero todo lo que he dicho es verídico, ya que ese mismo día por la noche,  por un golpe del destino, salí a bailar por primera vez con una mujer que después se convertiría en mi esposa y es quien ha tenido que escuchar por más de 11 años todos los discos yutuenses hasta el cansancio. Nuevamente U2 se convertía en parte de mi banda sonora.

Y la historia sigue, pero no quiero aburrirlos más. Lo que sigue ahora para mi es que después de 27 años de ser fanático de U2, tengo la certeza que este año podré verlos por primera vez en vivo… realmente.. realmente es algo que aún no me lo creo.



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