sábado, 1 de julio de 2017

COLOMBIA, una nación de apenas 25 años


Colombia es un país joven, casi adolescente, que a mi manera de ver las cosas no alcanza ni siquiera los treinta años. Somos una nación que solo hasta ahora  se está despertando ante su propia identidad, y aunque creamos que ya todo está dicho sobre nosotros, sobre lo que somos o lo que hacemos, la ciudadanía colombiana es una condición naciente,  emergente, una respuesta al prolongado letargo histórico y cultural.

Equivocadamente hemos celebrado nuestra independencia a partir del 20 de Julio de 1810. Es obligatorio que nos preguntemos, ¿De qué o de quién nos independizamos? Por aquel entonces, en el mal llamado grito de independencia,  no fue la voluntad soberana del pueblo la que generó las revueltas, esas habían pasado por allá en el lejano 1781,  sino fue un mandato de criollos prestantes y ambiciosos que reclamaban una transición del poder, una utopía de república sustentada en las ideas románticas e ilustradas, para manejar un nuevo país. Que Viva el Rey, abajo el mal gobierno, proclamaban los vítores.  Si analizamos esta frase no podremos encontrar en ella algún significado de independencia. Es más bien un mensaje para reclamar el poder y la administración del virreinato. Sería una ignominia desconocer los grandes ideales que surgieron en esa época,  no reconocer el inspirador discurso de algunos próceres, Antonio Nariño por ejemplo, pero ya es hora que veamos las cosas como han sido realmente.

Desde que Colombia se ha llamado Colombia una cosa podemos encontrar: La polarización. Este ha sido el medio más efectivo para mantener en el poder a los escasos grupos que se han repartido la nación. El ciudadano, al querer legitimarse como tal, siempre ha tenido que escoger un bando. Es claro que la finalidad de cualquier partido político es llegar al poder, pero después de doscientos años, léase bien, DOSCIENTOS AÑOS!,  para mi es claro que todos y cada uno de esos partidos políticos, que vienen siendo el mismo al fin de cuentas, han impuesto siempre el bienestar propio sobre el bienestar común. Quien niegue esta verdad es un optimista mal informado. La guerra política en Colombia nunca fue una cruenta batalla entre Liberales y Conservadores, fue una salvaje masacre entre liberales pobres y conservadores pobres, y solo bastó un abrazo entre dos vejetes de presidentes en él Gun Club de Bogotá, entre whiskeys y lagartos,  para que se “acabara” la guerra (William Ospina, 1996), cuando en los campos aun se sentía la pestilencia de millones de campesino muertos. Esa paz fue repartirse el poder, usufructuarse del estado, como bien diría un ex presidente de Colombia: Mantener la corrupción en sus justas proporciones. (Julio Cesar Turbay).

El ciudadano colombiano siempre ha sido manipulado, engañado, manoseado, y por consiguiente, invitado a permanecer en la indiferencia y el abandono, para así poder seguir manteniendo este macabro sistema de corrupción e impunidad. En la historia de Colombia,  el pueblo colombiano solo ha cambiado de reinado, pero nunca ha construido un proyecto nacional ciudadano (Otra vez Ospina, 1996).

Pero no todo es color de hormiga para nosotros los ciudadanos colombianos. Aparte de la polarización que aun continúa, guiada por presidentes y ex presidentes que son como una misma mala hierba reencarnada en muchos cuerpos y muchos nombres, la situación cambió el 4 de Julio de 1991, cuando se firmó y entró en vigencia la nueva constitución. En ella el poder del estado reside en el pueblo, y la democracia pasó de ser “representativa” a ser participativa. Me permito transcribir el artículo tercero de la constitución, algo muy bello de leer, que parece poesía:

ARTICULO 3. La soberanía reside exclusivamente en el pueblo, del cual emana el poder…


Es por esto creo que apenas Colombia tiene 25 años, porque fue a partir de la constitución del 91 que se trazó la posibilidad de que Colombia sea una nación con un proyecto nacional, una hegemonía ciudadana, con muchos medios para garantizar esta utopía. Lo que nos queda de ahora en adelante es hacer efectiva esta enmienda. Ya se acabó el tiempo para que nos sigan polarizando en oscuros bandos. Ya se acabó el tiempo de creer en los mismos con las mismas. Ya se acabó el tiempo de no estar unidos. Lo que sigue es construir un país.